miércoles, 23 de enero de 2013

El bicho

La vida no cesa de engendrar, pero es para aniquilar lo que engendra.
George Bataille - El erotismo

No recuerdo el momento en el que apareció por primera vez, tengo la sensación de que siempre estuvo conmigo. Siendo muy  pequeña ya sentía su presencia oculta en los rincones oscuros de mi cuarto, se podría pensar que se escondía para asustarme, como cualquier monstruo ordinario, pero la verdad es que era muy tímido y  creo que yo le daba más miedo. A medida que fui creciendo nuestra relación se fue haciendo más estrecha. Cuando era una adolescente descubrí que era bastante celoso porque cada vez que salía con un chico él se aparecía en el medio, evitando cualquier tipo de contacto. Con el tiempo fui cosechando reputación de excéntrica y ya nadie se me acercaba. Esto permitió que nos hiciéramos más compañeros. 
A pesar de contar con él de manera incondicional, no pude evitar empezar a sentirme profundamente sola. Deseaba una vida normal. 
Hablé con él y le pedí que se alejara, aunque sea por un tiempo. Él no estaba de acuerdo con una separación absoluta, pero accedió a mis términos. Allí fue cuando comprendí que su amor era sincero.
No lo vi por años, a veces lo extrañaba, pero era muy feliz con vos y mis nuevas amistades, por lo que no me atrevía ni a pensar en él (estaba segura de que era capaz de escuchar mis pensamientos).
Hasta que un día regresó. Fue en un sueño. Me dijo que no me preocupara, que no pensaba quedarse, pero que tenía derecho a felicitarme por mi bebé. ¡Mi bebé! ¿De qué hablaba? Él lo supo antes que yo.
Unos meses más tarde regresó. Me había levantado temprano para un control, muerta de sueño, mientras me lavaba los dientes, me miro en el espejo y ahí estaba: imitando mis gestos y movimientos. Dejate de joder! le dije, pero se hacía el desentendido. Chau! pensé, me pasó lo de la Metamorfosis. 
Salí igual, no quería perder el turno, es más, me pareció oportuno ver a un médico en ese estado. Le dije: Doctor, soy un bicho horrible. Él sonrió condescendiente y me dijo que era normal sentirme así, más aún siendo primeriza. No demoré en darme cuenta de que nadie lo veía, sólo yo ante mi reflejo. 
Medio podrida de esta joda le pedí a gritos que la cortara, que no me parecía gracioso, pero no hubo caso.
Me resigné a no ver jamás mi propia cara y acepté, con estoica calma, ese castigo por haberlo abandonado. Pero no, no era todo. El día que nació nuestro bebé comprendí la verdadera dimensión de la condena que me había dedicado: ese niño era un bicho monstruoso. Todos decían: ahhh qué hermoso bebé! y cosas por el estilo, pero ¿quién no lo dice, aun contemplando bebes verdaderamente feos?
Repentinamente, una idea me lo aclaró todo: ese bebé era suyo, me había fecundado la noche del sueño y yo lo veía en mi reflejo porque estaba, irreparablemente, adentro mío. Luego de un largo momento de espanto y horror decidí vengarme. Fui y prendí fuego a ese engendro maldito que había salido de mi vientre.

miércoles, 2 de enero de 2013

Nihilismo negado

La fragilidad de los sentidos - todos ellos- me conmueve mucho más que la inminencia de la muerte. Andamos desesperados por encontrar dioses, palabras, cuerpos, dinero que nos hagan sentir el impacto de la vida como una descarga eléctrica a un corazón que se apaga. En esta búsqueda nos aferramos a locuras colectivas -o que al menos puedan ser compartidas- que nos creen la ilusión de que algo de este caos organizado puede ser explicado y comprendido. 
Pero los dioses nos abandonan a su antojo, las palabras son sustancias equívocas que se escapan de nuestras sentencias, inclusive de las más solemnes; los cuerpos no son más que almas tan erráticas como las nuestras y el dinero es un tótem avaro que nos tiene sometidos. Al final del día o de la noche, nos refugiamos a descansar en las inmensidades del sueño y penetramos los umbrales de nuestra, no menos inmensa, soledad.
Alguien podrá decir: 'Tu patético vacío existencial  es consecuencia de tu cultura occidental, tradición viciosa que se hace preguntas y pretende respuestas.' o 'La vida no es una fórmula que pueda ser explicada, sólo sucede, nos sucede aquí y ahora.' 
Frases trilladas que podrían tener algo de cierto si no fuera que, terminado el banquete y apagadas las luces que nos señalan, sólo quedan deshechos de lo que ha sido y volvemos a la cacería de satisfacciones que apacigüen nuestra voracidad desenfrenada.

Alguna vez me preguntaron:
- Si todo es tan gris y banal, ¿por qué no se mata y listo? 
- Porque éste es el frágil sentido que le he encontrado a mi vida y velaré por él.