domingo, 1 de diciembre de 2013

Pensaba que la locura era un lugar donde podría estar a salvo 
pero es temible territorio en donde nada se olvida.

Los dados giran agitados sobre la mesa donde yacen una botella vacía y un cenicero lleno. Tres tiradas seguidas arrojan tres tres servidos. 
El azar, aliado del destino, le muestra su peor cara. Otra vez lo había perdido todo. 
El juego, como la vida, es una trampa sin salida.
Negando su fracaso, cree descubrir un mensaje cifrado en esa triple triada: anoche se había despertado cuando las luces rojas del reloj marcaban las 3:33, al bajarse del taxi el contador se había detenido titilando en 33,3, tres muertes pesan en su pasado, tres nombres que siempre recordará...
Al fin se durmió soñando que ya no despertaría. 
La promesa del fin del mundo es una estafa tan grande como la del mismísimo dios.

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